Luchando contra la violencia machista
Acabo de recibir una llamada telefónica de una amiga que hice en verano de 2.007 para comunicarme que se va de España, vuelve a Argentina con su familia, la crisis ha podido con ella.
Quiere que quedemos para despedirse y volverme a agradecer todo lo que he hecho por ella… aunque no nos habremos visto en estos 3 años más de 4 veces, nuestra amistad nació de la vicisitud y eso ha hecho que sea realmente fuerte.
Corría el mes de agosto de 2.007, no recuerdo el día, pero sospecho que se trataba de la primera quincena. Era por la tarde y yo estaba en una pequeña calle transversal a Princesa en Madrid (el callejero nunca ha sido mi fuerte).
A unos 300 metros podía ver una escena poco común, una chica tirada en el suelo mientras un energúmeno la golpeaba ante la más asquerosa indiferencia de los que pasaban al lado.
Faltaba un año para que el Profesor Neira se jugase la vida por defender a una mujer de su pareja con las consecuencias que todos conocemos, no había las campañas de sensibilización que hay ahora, pero dado que me he criado en una sociedad del norte de marcado carácter matriarcal, sentí que tenía la obligación de intervenir en esa situación.
Aceleré el paso mientras sopesaba mis opciones.
La primera idea fue llamar a la policía y distraer al mierda este para que no la pegase más mientras ellos llegaban. Habría sido la opción más lógica y sensata, pero se me ocurrió que todo quedaría en nada y la situación volvería a repetirse en el futuro… lo cual acrecentó mi enfado.
Mientras seguía dando vueltas en mi cabeza a todo esto, me encontré ya junto a la pareja… ella seguía en el suelo, lloraba, sangraba por la nariz, él estaba hecho un basilisco y la seguía soltando patadas y tirones de pelo mientras profería un amplio abanico de insultos.
Ya no había tiempo de pensar así que tiré de instinto, cuando te enfrentas a una persona agresiva, dudar durante un segundo significa la diferencia entre la victoria y la derrota.
En mi favor jugaban varios factores, primero la sorpresa ya que no advertí de mi llegada al agresor, segundo mi superioridad física, tercero el gran cabreo que me producía esa situación… y un montón de años practicando artes marciales.
Resultó un juego de niños reducir al atacante y ponerle en la misma situación en la que se encontraba la que a la postre se convertiría en mi amiga. Debo reconocer que supuso una tremenda satisfacción personal el poder aplicarle su propia medicina, que supiese lo que se siente cuando alguien te supera en tamaño y fuerza y las usa en tu contra.
Cuando sentí que su rabia hacia ella se había convertido en miedo hacia mi, me detuve, lo cual hizo que se volviera a poner gallito, y desde el mismo suelo me amenazase de que en cuanto desapareciese, la iba a seguir pegando.
Si hubiera pensado un poco y no me hubiese dejado llevar por la adrenalina, no habría hecho la acción más valiente y estúpida que he hecho en toda mi vida.
Saqué dos tarjetas de visita del bolsillo, le dí una a ella y otra a él.
A ella le pedí que me diese sus datos de contacto para llamarla todas las semanas para saber si seguía bien, además de que me podía llamar si la situación se repetía para darle otro repaso a su novio.
A él le indiqué que en esa tarjeta tenía mi teléfono y mi dirección para que la próxima vez que quisiera pegar a alguien, viniese a verme, también le amenacé de que si ella me llamaba, no podía localizarla o me enteraba de que se hacía el más mínimo rasguño, aunque no fuese culpa de él, dedicaría todo mi tiempo a darle caza y ajustarle las cuentas.
Y luego se me pasó el subidón y casi me hago mis necesidades encima pensando en la tontería que acababa de cometer con las tarjetas de visita.
No soy un héroe, así que me pasé casi un mes acojonado pensando en la posibilidad de que el animal este viniese a por mi con sus amigos… pero debí de resultar muy convincente, ya que nunca más supe de él, salvo que se fue de España pocos meses después del incidente, y yo ya no vivo en el mismo sitio.
María, que así se llama la chica de esta historia, ha seguido en contacto conmigo desde entonces, hemos quedado alguna vez para tomar algo y me he asegurado de que nunca volviera a pasar por esa situación… los dos novios que ha tenido posteriormente, ambos españoles, eran conscientes de esta historia y la han cuidado igual o mejor que yo.
La echaré de menos.
Julio 15th, 2010 at 13:13
Estimado paisano, recibe mi respeto hacia tu actitud. Lo que más me horroriza de Madrid donde también vivo es la deshumanización de esta ciudad. Quizá el miedo a no saber quien está enfrente, quizá las prisas…no lo sé pero es curioso que yo viví una situación no tan extrema pero similar en la forma de acontecer, en ese caso eran carteristas, precisamente con chicas argentinas y precisamente en Princesa.
Cuando la chica se dio cuenta de que le habían robado y que la persona que estaba detrás tenía todos los boletos para ser la culpable, esta le increpó ante una multitud que pasaba de largo, al final el de Ponferrada y su chica tuvieron que retener como pudieron al carterista en un escaparate hasta que llegó la policía.
Sólo es una anécdota, pero suele ocurrir que quien cuenta cosas de estas ‘pasaba por Madrid’ no era de aquí.
Gracias por actuar como actuaste